Parroquia de San José de los Pocitos

    Diócesis de Aguascalientes México

  • Si alguno me ama, guardará mi Palabra (Jn 14,23-29)

    Meditación Dominical

    El Evangelio de hoy comienza con la respuesta de Jesús a una pregunta de Judas, no el Iscariote: “Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?” (Jn 14,22). El apóstol hace esta pregunta ante una afirmación que Jesús había hecho, estableciendo una neta diferencia entre sus discípulos y el mundo: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis” (Jn 14,19).

    Jesús responde a la pregunta del apóstol con una clara distinción: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra... el que no me ama, no guarda mis palabras”. Es un criterio para discernir quien es parte del mundo y está excluido de la visión de Cristo y quién es su discípulo y goza de esta visión. El criterio verdadero es el amor a Jesús; pero este criterio es difícil de verificar. Por eso Jesús señala un criterio más claro: “Guardar su Palabra”. El mundo no escucha la palabra de Jesús y no la guarda.

    Respecto de sus discípulos –los que guardan su palabra- Jesús agrega: “Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. Respecto del mundo el mismo apóstol Juan escribe a los jóvenes: “No améis el mundo ni lo que hay en el mundo; si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1Jn 2,15). La diferencia entre los discípulos de Cristo y el mundo es que en los discípulos está el amor de Dios y en el mundo no está el amor de Dios.

    ¿Por qué es tan importante guardar la palabra de Jesús? Él mismo responde: “La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado”. Jesús hizo resonar en el mundo la palabra de Dios; Jesús es, en toda su realidad, la Palabra de Dios hecha carne dirigida al mundo. Esta es la Palabra que hay que acoger, pues “a todos los que la acogieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12), es decir, de realizar la vocación sublime a la cual está llamado todo ser humano.

    En esa misma última cena Jesús dijo a sus discípulos: “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Jn 16,28). Si él ya no está en el mundo, ¿cómo podemos escuchar su palabra hoy y guardarla? Hay un solo modo: escuchando a su Iglesia hoy. Antes de volver al Padre Jesús envió a sus discípulos así: “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20,21). A ellos les prometió: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). A ellos le dijo: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza” (Lc 10,16). A ellos les advirtió: “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también guardarán la vuestra” (Jn 15,20).

    Jesús establece una perfecta equivalencia entre su palabra y la de su Iglesia, expresada por sus legítimos pastores. En el tema del respeto y defensa de la vida humana concebida en el seno materno se está dando hoy en Chile una clara distinción entre los que guardan la palabra de Cristo y los que no la guardan. Es la distinción entre los que escuchan la palabra de los legítimos pastores de la Iglesia y los que no la escuchan.

    Querer despachar el problema grave de una mujer que ha sido violada con el expediente fácil de una simple pastilla es de una frialdad glacial. Es la solución propia de una sociedad fría e individualista, que no se quiere molestar con la necesidad ajena y que rechaza todo lo que impida disfrutar de los placeres mundanos. En esta sociedad no está el amor de Dios.

    Felipe Bacarreza Rodriguez
    Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)

  • San Juan Bautista Rossi

    Santo del dia

    Nació en 1698, en un pueblo cerca de Génova, en Italia. En el Colegio Romano hizo estudios con gran aplicación, ganándose la simpatía de sus profesores y compañeros. Fue ordenado sacerdote a los 23 años.Pronto aprendió que la verdadera mortificación consiste en aceptar los sufrimientos y trabajos de cada día, esforzándonos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades.Tenía una fuerte inclinación por los pobres, los enfermos y los abandonados. El Sumo Pontífice había fundado un albergue para recibir a las personas desamparadas, y en ese lugar, el santo atendió por muchos años a los pobres y necesitados, además de enseñarles el catecismo y prepararlos para recibir los sacramentos.El santo descubrió la plenitud de su vocación en el confesionario, y pronto decubrió y entendió que Dios le había hecho el llamdo especial a ser confesor. Al volver a Roma le comentó a un amigo cercano: "Antes yo me preguntaba cuál sería el camino para lograr llegar al cielo y salvar muchas almas. Y he descubierto que la ayuda que yo puedo dar a los que se quieren salvar es: confesarlos. Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión".Consagró su vida a llevarle el perdón y la misericordia de Dios a los más necesitados. Visitó principalmente cárceles y hospitales. El 23 de mayo del año 1764, sufrió un ataque al corazón y murió a la edad de 66 años.La estimación por él en Roma era tan grande que a su funeral asistieron 260 sacerdotes, un arzobispo, muchos religiosos e inmenso gentío. La misa del Réquiem la cantó el coro pontificio de la Basílica de Roma.

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